Las tácticas electorales de Trump ponen a Estados Unidos en mala compañía

Negar la derrota, reclamar el fraude y utilizar la maquinaria del gobierno para revertir los resultados de las elecciones son las herramientas tradicionales de los dictadores.

El presidente Trump ha roto una tradición democrática fundamental al plantear incluso la posibilidad de que tenga que ser obligado a dejar el cargo.Credit…Doug Mills/The New York Times

Por Andrew Higgins
16 de noviembre de 2020

MOSCÚ — Cuando el gobernante autócrata de Bielorrusia declaró una victoria aplastante e inverosímil en las elecciones de agosto y organizó su toma de posesión para un sexto mandato como presidente, Estados Unidos y otras naciones occidentales lo criticaron al considerarlo como un descarado desafío a la voluntad del electorado.

El mes pasado, el secretario de Estado estadounidense Mike Pompeo declaró que la victoria del presidente Alexander Lukashenko fue un “fraude”. “Nos oponemos al hecho de que se haya juramentado a sí mismo. Sabemos lo que el pueblo de Bielorrusia quiere. Quiere algo diferente”, agregó.

Apenas un mes después, el jefe de Pompeo, el presidente Donald Trump, está copiando las estrategias del manual de Lukashenko y se ha unido al club de líderes hostiles que, sin importar lo que hayan decidido los electores, se declaran ganadores de las elecciones.

Entre los miembros de ese club hay muchos más dictadores, tiranos y potentados que líderes de lo que solía conocerse como el “mundo libre”; países liderados por Estados Unidos que, durante décadas, han dado lecciones sobre la necesidad de celebrar elecciones y respetar los resultados.

El paralelismo no es exacto. Trump participó en una elección democrática libre y justa. La mayoría de los autócratas desafían a los electores incluso antes de votar, ya que excluyen a los rivales verdaderos de la votación e inundan las ondas hertzianas con una cobertura unilateral.

Pero cuando las votaciones presentan una competencia verdadera y el resultado va en su contra, a menudo ignoran el resultado y claman que es obra de traidores, criminales y saboteadores extranjeros y, por lo tanto, lo invalidan. Al negarse a aceptar los resultados de la elección de la semana pasada y trabajar para deslegitimar el voto, Trump está siguiendo una estrategia similar.

Hay pocos indicios de que Trump pueda doblegar las leyes e instituciones que se aseguran de que el veredicto de los votantes estadounidenses se imponga. El país tiene una prensa libre, un poder judicial fuerte e independiente, funcionarios electorales dedicados a un recuento honesto de los votos y una fuerte oposición política, ninguna de las cuales existe en Bielorrusia o Rusia.

Sin embargo, Estados Unidos nunca antes ha tenido que obligar al presidente en funciones a conceder una derrota justa en las urnas. Y con solo plantear la posibilidad de que tendrían que obligarlo a abandonar el cargo, Trump ha echado por tierra la sólida tradición democrática de una transición sin tropiezos.

El daño ya hecho por la inflexibilidad de Trump podría ser duradero. Ivan Krastev, experto en Europa central y del Este del Instituto de Ciencias Humanas de Viena, dijo que la negativa de Trump a aceptar su derrota “crearía un nuevo modelo” para populistas de ideas afines en Europa y otros lugares.

“Cuando Trump ganó en 2016, la lección fue que podían confiar en la democracia. Ahora no confiarán en la democracia y harán cualquier cosa para permanecer en el poder”, dijo. En lo que denominó “el escenario Lukashenko”, los líderes seguirán queriendo celebrar elecciones, pero “nunca perderán”. Desde hace dos décadas, el presidente ruso, Vladimir Putin, ha estado haciéndolo.

Entre las tácticas antidemocráticas que Trump ha adoptado se encuentran algunas comúnmente empleadas por gobernantes como Robert Mugabe de Zimbabue, Nicolás Maduro de Venezuela y Slobodan Milosevic de Serbia: negarse a aceptar la derrota y lanzar acusaciones infundadas de fraude electoral. Las tácticas también incluyen el debilitamiento de la confianza en las instituciones democráticas y los tribunales, el ataque a la prensa y el vilipendio de sus opositores.

Al igual que Trump, esos gobernantes temían que aceptar la derrota los expondría a ser procesados una vez que dejaran el cargo. Trump no tiene que preocuparse por ser acusado de crímenes de guerra o genocidio, como Milosevic, pero se enfrenta a una maraña de problemas en los tribunales.

Michael McFaul, el embajador de Estados Unidos en Rusia durante el gobierno de Barack Obama y crítico frecuente de Trump, describió la “negativa del presidente a aceptar los resultados de las elecciones” como “su regalo de despedida para los autócratas de todo el mundo”.

En 1946, el Partido Socialista Unificado de Alemania, un movimiento comunista en Alemania oriental, que en ese entonces estaba controlada por los soviéticos, escribió un primer borrador del manual de estrategias utilizado por los gobernantes que nunca admiten su derrota. El partido, conocido como el SED, que perdió en las primeras elecciones alemanas después de la Segunda Guerra Mundial, recibió su derrota con un audaz titular en su periódico: “¡Gran victoria para el SED!”, y gobernó Alemania Oriental durante los siguientes 45 años.

Cuando el líder de Hungría instalado en Moscú, Matyas Rakosi, vio cómo el Partido Comunista perdía las elecciones en 1945, se puso “pálido como un cadáver, se desplomó en su silla, sin decir una palabra”, según un funcionario que estaba presente y luego describió lo que sucedió con los historiadores húngaros. En un año, la mayoría de sus oponentes estaban muertos, en prisión o aterrorizados y en silencio, y él estaba gobernando el país.

Nadie espera que Trump siga ese espantoso ejemplo. Pero al insistir en que ganó una votación, aunque los resultados muestran claramente que perdió, ha roto drásticamente las normas de los países que se consideran como democracias maduras.

“El comportamiento de Trump no tiene precedentes entre los líderes de las democracias occidentales”, dijo Serhii Plokhy, un historiador de Harvard que ha estudiado antiguos estados comunistas como Ucrania. “Incluso en dictaduras militares, los dictadores a menudo honran los resultados de las elecciones y se retiran si las pierden”.

El hecho de que Estados Unidos haya caído en tan mala compañía ha generado consternación y burla no solo entre los enemigos políticos de Trump, sino también entre los ciudadanos de países acostumbrados desde hace tiempo a tener líderes que se quedan más tiempo de lo debido.

Después de décadas de “predicar la democracia a todos los demás”, dijo Patrick Gathara, caricaturista y comentarista político de Kenia, Estados Unidos ha quedado expuesto como “bebedor de vino y predicador de agua”.

En noviembre de 2010, el presidente Laurent Gbagbo de Costa de Marfil se negó a aceptar su derrota en unas elecciones, reprimiendo las protestas con munición real, matando a decenas y arrastrando al país a una breve guerra civil en la que murieron más de 3000 personas.

Al igual que Trump, usó libremente la maquinaria del gobierno para desafiar el resultado de las elecciones, insistiendo en que no había sido derrotado. La crisis se prolongó durante casi cinco meses y puso de rodillas a Costa de Marfil desde el punto de vista económico.

Con el apoyo militar de Francia, el presidente electo, Alassane Ouattara, finalmente asumió el poder cuando Gbagbo, cuyo lema de campaña había sido “Ganamos o ganamos”, fue arrastrado fuera de su búnker en Abidján, la capital.

Este año, Ouattara cambió la Constitución para poder postularse a un tercer mandato, y la semana pasada declaró que ganó de manera aplastante.

Sin embargo, incluso los dictadores veteranos a veces admiten la derrota, especialmente si pueden diseñar una sucesión que garantice su seguridad personal y financiera.

El general Augusto Pinochet, quien tomó el poder en 1973 en un golpe militar en Chile, aceptó la derrota en un referéndum constitucional de 1988 que le habría permitido permanecer en el cargo y renunció a la presidencia en 1990 después de que un oponente ganó una votación presidencial.

Pero siguió siendo el comandante en jefe y se convirtió en senador vitalicio inmune al enjuiciamiento (sin embargo, fue arrestado en 1998 en el Reino Unido después de una solicitud de extradición de un juez español que investigaba sus presuntos delitos mientras era presidente).

Un estudio de 2018, basado en elecciones en todo el mundo desde 1950, encontró que solo el 12 por ciento de los dictadores que se someten a elecciones y pierden en las urnas dejan el cargo de manera pacífica. Pero los dictadores militares, según la investigación, generalmente están más dispuestos a admitir la derrota porque pueden regresar a los cuarteles y evitar ser arrestados o asesinados.

“Es raro que los dictadores renuncien, pero cuando lo hacen es porque, como Pinochet, tienen una alternativa factible, como reincorporarse al ejército, que les permite evitar la rendición de cuentas por abusos a los derechos humanos”, afirma el estudio de One Earth Future, un grupo de investigación.

La negativa de Trump a aceptar el resultado de las elecciones ha hecho eco de manera especial en América Latina.

Trump utilizó casi todas las herramientas de su arsenal de política exterior contra el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, quien fabricó una victoria en las elecciones de mayo de 2018 mediante el fraude, a pesar de su profunda impopularidad y una calamitosa crisis económica.

La mayoría de las naciones occidentales y latinoamericanas denunciaron que la votación no había sido libre ni justa y Estados Unidos se apresuró a imponer nuevas sanciones. Para castigar a Maduro, Trump prohibió las transacciones de bonos venezolanos e impuso sanciones paralizantes al petróleo venezolano.

Y en enero de 2019, Trump reconoció al principal líder de la oposición y presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Juan Guaidó, como el gobernante legítimo del país, otro gran golpe para Maduro. En los días siguientes, decenas de aliados europeos y latinoamericanos siguieron el ejemplo de Estados Unidos.

Trump condenó la “usurpación del poder” de Maduro y dijo que todas las opciones, incluida la intervención militar, estaban sobre la mesa para remover del cargo a Maduro e instalar a Guaidó en la presidencia.

En septiembre pasado, el gobierno de Trump impuso sanciones adicionales contra lo que llamó “los intentos del régimen de Maduro de corromper las elecciones democráticas en Venezuela”.

Ahora Trump también se niega a aceptar los resultados de las elecciones.

Temir Porras, un exministro del gobierno venezolano que abandonó el partido de Maduro, dijo que la negativa de Trump a reconocer el voto estadounidense “deslegitima” el papel de Estados Unidos como árbitro internacional de la democracia.

“El argumento de ‘superioridad moral’ que esgrimía Estados Unidos sin duda se ve afectado por el comportamiento de Trump”, afirmó.

Geoff Ramsey, director para Venezuela de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos, un grupo de investigación con sede en Washington, comentó: “¿Cómo espera el gobierno de Estados Unidos hacer un llamado para que se celebren elecciones libres y justas en Venezuela cuando nuestro propio presidente no reconoce los resultados de un proceso electoral limpio en nuestro país? Es un regalo de propaganda para Maduro y todos los demás autócratas del mundo y les garantizo que están disfrutando cada minuto de esto”.

Sin duda, Maduro no ha perdido la oportunidad de regodearse. “Donald Trump, aquí no perdemos las elecciones porque somos la verdad”, declaró un Maduro optimista en un discurso nacional.

Adam Nossiter colaboró con este reportaje desde París; Julie Turkewitz, desde Bogotá, Colombia; Anatoly Kurmanaev, desde Caracas, Venezuela; Abdi Latif Dahir, desde Nairobi, Kenia, y Monica Mark, desde Johannesburgo.

Andrew Higgins es el jefe de la oficina de Moscú. Formó parte del equipo que recibió el Premio Pulitzer de Reportajes Internacionales en 2017 y dirigió un equipo que ganó el mismo premio en 1999, mientras era jefe de la oficina de Moscú para The Wall Street Journal.

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